– Creia que dijiste ayer que daban nubes y claros…

–  y lo dije, pero ya sabes con esto de la meteo… de todos modos es mañana cuando queremos los claros, al  velero no le importa que llueva…

–  ¿entonces que hacemos?, ¿salimos?

–  pues para eso hemos venido que diablos…

Y así fue como salimos del puerto de Valencia, entre el viento del norte y un medio chispeo que nublaba la vista. El plan era completo, navegar hasta Calpe y fondear el barco en la bahía del Peñón de Ifach para pasar la noche, al día siguiente entrar en la pared sureste para escalar la vía “tormentas y calmas”. Ya hacía tiempo que le teníamos ganas, pero debido al particular comienzo de la vía nunca encontrábamos el momento.

La pared sureste del Peñón nace en el mar, sube verticalmente con varios desplomes hacia el primer promontorio, donde empiezan las primeras dificultades, hasta entonces la escalada libre de los primeros largos no supera el 6º grado, pero una vez llegados al gran techo, la progresión en libre ya se vuelve extremamente complicada, así que siempre se ha superado en artificial, dejando un grado bastante comprometido debido a la ausencia de grietas y presas para colocar los útiles de progresión. Un largo más por una placa tan lisa y vertical que parece cortada a cuchillo y comienza el segundo promontorio con una preciosa fisura que lo recorre de abajo a arriba, y con una escalada atlética y divertida por una roca excepcional se llega a la arista de salida, donde ya por un terreno fácil y aéreo se acaba por culminar la cima.

Para comenzar la escalada no queda otra opción que ir con una zodiac hasta pie de pared, una vez allí, el plan era que una tercera persona se llevara la zodiac a la playa y subiera por la tarde el sendero para encontrarnos arriba, con unas cervezas frías fría frías, que llevaría con hielo en una pequeña nevera de playa que teníamos ya preparada y brindar todos arriba. Así estaríamos obligados a repetir actividades de este tipo para devolvernos los favores…

El día de la saida el viento soplaba con fuerza, y la lluvia golpeaba en la cara como si fueran perdigones, pero a lo lejos, al sur, se divisaban claros de luz que arrojaban un halo de esperanza sobre nuestros ánimos. Y tanto fue así, que pasado el medio día dejó de llover y las nubes perdieron ese aspecto amenazador, dejando paso a un cielo blanco y amistoso, y aunque distaba mucho de ser un buen día, la mejora era un buen augurio para nosotros.

El velero devoraba las millas sin parar, la costa pasaba rápidamente ante nosotros cambiando el paisaje a cada golpe de mirada, aunque  la visibilidad no era muy buena a causa de la bruma que cubría el horizonte. Pronto doblamos el cabo de la Nao y apareció repentinamente de la niebla el imponente peñón como si surgiera en ese momento de las profundidades, se comenzaron a dibujar sus aristas afiladas y sus temibles acantilados, se podía sentir la verticalidad solo con mirarlo.

No tardamos en rodear sus paredes con el velero y entrar en la bahía, donde el agua turquesa del atardecer nos dió un cálida bienvenida. El barco quedó bien fondeado tras dejar caer 40 metros de cadena. La impresionante mole rocosa nos servía de abrigo y no dejaba pasar el viento, el agua estaba tranquila como un plato de sopa, llevábamos todo el día navegando y mañana nos esperaba una dura jornada de escalada, así que tras una copiosa cena caímos derrotados en la cama.

Sonó el despertador a las 6 de la mañana y nos levantamos con la típica sensación de “dura tapia por delante”.  Desayunamos sin soltar palabra, evidenciando la seriedad de lo que vamos a afrontar.

Bajamos la zodiac al agua y le colocamos el pequeño motor, como siempre tardó en arrancar, lo cual supuso un duro esfuerzo para el que no iba a escalar ese día, así el resto preservaba los brazos para la pared. Finalmente  decidió ronronear a duras penas y nos dirigimos al pie de pared. El viento cesó por completo y el mar estaba extremadamente tranquilo, nos aproximamos hasta anclar la zodiac a un buril que indica el comienzo de la vía. El material está preparado, un juego completo de friends, otro de tascones, una docena de clavos, un juego de uñas de diferentes formas y tamaños, y uno de pequeños plomos de fabricación casera, una veintena de cintas expres, un manojo de cintajos diversos, dos jumars, un grigri, un par de estribos por cabeza, 50 metros cuerda de 10,5 de y otra de 8. Cuando el primero de cuerda se coloca todo el equipo sobre los arneses parece que no vaya a poder despegar de la zodiac.

Mi compañero se encarama a la pared y comienza a subir encadenando una línea de fisuras de dificultad moderada, pronto supera un saliente de roca y queda sobre la repisa donde se encuentra la primera reunión. Dos buriles viejos y oxidados no son suficiente para asegurarme, así que lo refuerza con un pitón que triangula con ellos. Me ato al otro extremo de la cuerda y despega de la zodiac, subo por el mismo camino desmontando los seguros que ha utilizado el compañero. Tras el segundo largo, algo menos atlético que el anterior, quedamos en la base del farallón desplomado que alberga todas las dificultades de la vía. Ya estamos a una altura considerable del suelo y las vistas empiezan a ser impresionantes, abajo el azul turquesa del agua casi puede teñir de color la roca. El sol no ilumina del todo pues se encuentra muy bajo todavía, intentamos no distraernos por el paisaje y concentrarnos por completo en la escalada. Una muralla extraplomada se yergue sobre nosotros, apenas dispone de huecos para meter si quiera las uñas o los plomos, ni un solo buril se divisa y la congoja deja notarse en nuestras gargantas. Decido comenzar yo el promontorio, así que con una pequeña uña de gota de agua asciendo y empiezo a abrirme paso entre las imperfecciones que deja ver la roca una vez te acercas hasta casi poder olerla, y donde parecía no haber nada de pronto encuentras un pequeño agujero donde no te cabe ni la yema del meñique, pero aplastando un plomo con la maza y haciéndolo entrar hasta parecer un chicle estampado, empiezas a progresar negociando cada centímetro de pared con la montaña. Se suceden los pasos delicados y en ocasiones precarios, la tensión va en aumento, y empieza a pesar cuando me alejo de la reunión y no veo la forma de proteger la caida sobre la misma, corriendo así el peligro del temido factor 2 de caida, que ocurre cuando es la reunión la que aguanta el impacto,  continúo progresando y no es hasta subidos 15 metros que encuentro una grieta donde puedo clavar un pitón, que no termina de entrar del todo, así que estrangulándolo con un cordino para evitar el brazo de palanca, y reposo sobre él casi 10 minutos con el corazón en la garganta, late tan fuerte que siento golpear los mosquetones con cada latido.

Una vez relajados los brazos y controlado los nervios sigo subiendo bajo la misma tónica del tramo anterior, pero ya sabiendo que aunque, no del todo bien entrado, un buen seguro puede frenar mi caida.

Miro hacia abajo, ya puedo ver el velero allí fondeado, una sensación de compañía me relaja, siento como me observa y no tengo la certeza pero creo que se estará deleitando viéndome subir, como lo hago yo cuando le veo a él romper las olas con la proa. Me imagino tumbado sobre cubierta con un ron en la mano y casi pued0o escuchar la música que suena, ahora si desearía estar allí junto a él. No permito que dure mucho este pensamiento puesto que he sido yo el que me ha traido hasta aquí, y se bien el por qué, aunque siempre pienso en estos momentos que algún día voy a dejar de hacer esto, pero pronto escucho sus gritos de ánimo y me embarga una sensación de euforia que me recarga de nuevo.

Han pasado ya casi dos horas y me encuentro todavía lejos de la próxima reunión, de pie sobre los estribos y anclado con una pequeña uña a una micro repisa apenas visible, llevo ya varios minutos buscando y palpando cualquier imperfección en la roca, pero está tan lisa que parece lucida con paleta. Cuando subo a los primeros peldaños del estribo en precario equilibrio, queda mi mano estirada a 20 cm de una fisura inclinada, aunque pudiera llegar a ella e introducir un pequeño empotrador, solo podría tirar de él hacia un lado sin que corra peligro de salirse, y teniendo en cuenta que debo colgarme de él no parece una situación muy alentadora. Empiezo a impacientarme al no ver más opciones, la uña que me sostiene tampoco me permite erguirme  demasiado sobre los peldaños, y cuando intento estirarme hacia el lado de la fisura se mueve peligrosamente, teniendo en cuenta que me encuentro a casi 10 metros del último clavo la caida podría ser bastante considerable. Asumida por fin la situación me dispongo al único intento que creo tener, subido a primeros y estirándome tanto que la uña que me sostiene me queda casi a la altura de las rodillas, cojo el empotrador con los dedos para intentar entrarlo en la fisura, lo consigo introducir penosamente pero la grieta le queda muy inclinada, cualquier desplazamiento hacia la izquierda lo haría saltar. Me dispongo a colgarme de él para no hacer más largo este momento, y justo en el momento de colocar mi mosquetón sobre él se me resbala un pie del pelaño y hace saltar la uña, un vuelco en el corazón paraliza mi cuerpo por una milesima de segundo, siento el golpe de mi arnés al quedar suspendido del empotrador y pendulo hacia el lado contrario, se va a salir de su alojamiento, aún no se como pero un acto instintivo me hace rascar la pared con los pies de gato para evitar la pendulada y freno justo en la vertical de la grieta, el empotrador parece aguantar pero no creo que me permitiera ni un solo movimiento, quedo completamente paralizado, escucho el corazón zumbando en mis oidos y un sudor frío me recorre la espalda, ni siquiera tiemblo por temor a hacer saltar el seguro. No recuerdo si pasaron 10 segundos o minutos hasta que logré recomponerme, y calculando con precisión cada movimiento, me incorporé con una pierna mientras la otra seguía pegada a la pared empujando para no pendular, ni siquiera yo soy capaz de recordar como con semejante maniobra pude colocarme sobre los estribos, y así, con un pie destinado a un cometido diferente , y manteniendo con el empuje la dirección del tiro del empotrador alcancé una repisa con la mano donde cabía poco más que las uñas de los dedos, pero más que suficiente para albergar la que acababa de fallarme, así que la coloqué con sumo cuidado y continuó la progresión ya de forma moderada, o al menos ese recuerdo tengo, ya que cualquier dificultad me parecería en ese momento sencilla.

Cuando llegué a la reunión una sensación de fatiga invadió mi cuerpo, me costaba incluso gritar a mi compañero, tan solo la visión de mi barco más abajo habiéndolo presenciado todo me animaba y parecía quitarle importancia a lo sucedido.

He necesitado tres horas para escalar este tramo de 40 metros. Le fijo la cuerda a mi compañero y remonta por ella recuperando las 4 o 5 piezas que dejé colocadas.

Pasan 20 minutos y empiezo a ser consciente de lo sucedido, hago rápidamente un repaso mental de cada unos de los pasos que hice para progresar por la que, hasta el momento ha sido la pared más dificultosa que he escalado nunca, siento sensaciones contradictorias,  choca la emoción con la euforia por haber superado un largo de tanta dificultad, y me pesa la reflexión sobre lo aleatorio de las posibles consecuencias de lo que no sucedió. No es la primera vez que me he dicho a mi mismo que no volvería a hacer algo y me he visto haciéndolo de nuevo. Así que lo dejo ahí y no le doy más vueltas, al fin y al cabo vine aquí para escalar esta pared y es eso lo que estoy haciendo, y algo dentro de mi está ahora contento y enfadado al mismo tiempo.

El siguiente largo lo escaló mi compañero, no se encontró ningún paso como el que hallé en el largo anterior pero tampoco nadie le regaló nada. Fueron otras casi tres horas para casi 50 metros. Una vez los dos sobre el promontorio ya solo quedaba la línea de fisuras que nos dejaba en la arista de salida. Fueron unos largos muy agradecidos después de los anteriores, como si alguien hubiera diseñado la vía para que te vayas con un bonito sabor de boca al haber tenido un poco de todo. No habíamos subido del todo y ya oímos las voces del compañero que traía nuestro premio del día. Aún quedaban unas horas de luz y las pasamos allí sentados hablando de las “tormentas y las calmas” de ese día.Justo un rato antes de anochecer empezamos el descenso, y llegamos a la playa donde se encontraba nuestro chinchorro. Esta vez el motor arrancó ni a la primera ni a la octava, así que fuimos a remo al barco, por suerte el mar estaba hecho un plato y avanzamos sin esfuerzo.

Y por fin llegamos al velero donde pasaríamos una noche de descanso como pocas veces habíamos pasamos antes.

Esta fue una escalada soñada desde que empezamos a conocer estas paredes, siempre al visualizarla veíamos una noche así tras ella, y embriagados por las emociones del día conciliamos uno de los sueños más placenteros de nuestras vidas.

Por Claudio segarra.

Escalar y navegar, tormentas y calmas
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