La arribada al puerto de La Gomera es sobrecogedora, bajo el manto verdoso de las montañas colindantes se dibuja la pequeña ciudad de San Sebastián de la Gomera, la cierra un gran espigón que sirve de abrigo a la dársena interior. Una vez dentro de la bahía hay que ceñirse al borde de la playa casi al punto de la varada, a al menos esa sensación me daba, donde el canal de entrada al puerto deportivo marca su acceso. Se trata de una pequeña marina que da cobijo a no mas de 200 embarcaciones, entre lanchas deportivas, pequeños barcos de pesca y veleros transeúntes, que como nosotros están de visita en la isla. Este fue el punto de partida de las caravelas de colon en su primer viaje a América, realizaron los últimos aprovisionamientos y se adentraron en el océano con destino incierto o …incluso sin destino. No les debió ser fácil realizar esta recalada, la bahía no resulta demasiado protegida del viento predominante, y la presencia de Tenerife a 20 millas a su noreste no le ofrece demasiada protección.

La visita al pueblo es corta y entrañable, la plaza cercana al puerto parece ser el centro neurálgico de la ciudad, donde se encuentra esa tasca marinera que atrae a la gente que como yo, busca una cerveza bien fría en compañía de otros exiliados de los mundos. Suenan los doors, los tenues focos apenas dejan ver las caras de la gente y la cerveza esta tan helada que no se puede sostener por mucho tiempo en las manos, así da gusto llegar a cualquier sitio después de una larga singladura.

El dueño del bar tiene una pinta de lobo de mar como los que ya no quedan, con un arruga en la cara por cada travesía realizada, con un rostro curtido y una actitud en la mirada que impone un respeto natural que nadie podría pasar por alto. Enseguida se entabla conversación con él, se interesa por saber de donde llegas y adonde vas, como se portó el mar contigo y si algún problema en tu velero te esta amargando esta cerveza, no es el caso y es motivo de alegría, al mar mucho tenemos que agradecerle, nuestro barco está en plena forma, le gustó el lugar del que venimos y le nos anima a continuar.

Al día siguiente, mi tripulante cuatrupatudo y yo nos disponemos a dar un paseo por la isla, de entre los diversos lugares por recorrer escogemos el vaye del Gran Rey, al parecer es un bonito lugar de recalada con el velero, y sería muy interesante conocer el fondeadero y el muelle del puerto, para saber las opciones que tenemos de pasar allí varios días, ya que la isla no brilla precisamente por la cantidad de calas cerradas y protegidas donde puedas fondear al abrigo de los vientos y el mar de fondo, que se deja notar en los cuatro costados de la isla.

Antes de subir al autobús hacemos prácticas en el anden para comprobar que Alf entra bien en la mochila y permanece dentro tranquilo, no quisiera que me negaran la entrada al verlo como nos ha pasado varias veces por las islas. La prueba ha sido superada con éxito, Alf parece comprenderlo y acata su cometido con resignación, por supuesto al entrar escojo un buen sitio para poder tenerlo sobre mis brazos sin ser vistos.

Quedamos ambos maravillados por los paisajes, ya incluso desde el principio del trayecto, subiendo las primeras laderas por una preciosa carretera con curvas que dejaría sin habla a cualquier conductor de rally. Cruzamos todo el centro de la isla, atravesando los tupidos bosques interiores, por unos lugares que parece que el autobús no vaya a pasar sin trabarse entre las ramas. Una vez comienza a descender hacia la costa se divisan ya las vertiginosas laderas del Valle del Gran Rey, la carretera atraviesa los acantilados y se abre paso entre las pendientes como si fuera canteando unos esquís, es tan profunda la garganta del valle que al mirar por la ventana parece que uno se vaya a precipitar detrás de la mirada.

Llegamos al núcleo urbano de Vueltas, ya en la playa, y nos dirigimos al puerto, algo mas pequeño de lo que esperábamos, tan solo tres veleros se encuentran atracados en el muelle, de proa al mismo y sujetos por muertos por la popa, abarloados a la parte interior del malecon descansan varias embarcaciones locales dejando espacio a tan solo uno o dos veleros más, no parece muy acogedor el atraque ya que se aprecia notablemente el mar de fondo que entra por la bocana, y el movimiento de los barcos parece hacerles peligrar contra el muelle a pesar de las defensas colocadas en los costados, por no decir que pretenden cobrarnos una tasa algo superior a cualquier amarre tomados hasta el momento, por total abarloarse al hormigón sin conexión eléctrica ni agua. Así que la opción de llegar aquí con el barco para pasar varios días se reduce al fondeo situado justo delante dela bocana del puerto, la cala parece bastante abrigada y hay un par de veleros, los locales me aseguran que ahí donde están anclados estos barcos hay una profundidad de algo mas de 20 metros, lo cual me deja algo preocupado porque no vine preparado para realizar un fondeo a tanta profundidad, así que deberé acercarme bastante más a la playa para que la sonda no se enfade conmigo.

Termina el día y regresamos a San Sebastián, decididos a venir con el velero y fondear en el valle, donde pasaremos unos días tranquilos en uno de los lugares más bonitos de la isla.

 

Escapar de ningún sitio, la Gomera
Danos tu voto!

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
Contacta con nosotros