Navegando hacia Canarias

Llega la noche y, tras casi sin cenar debido al zarandeo, empezamos las primeras guardias. Hace frio, y vestidos con toda la ropa que somos capaces de entrarnos, nos encaramamos en un rincón de la bañera desde donde se pueda divisar el horizonte alzando apenas la mirada. Y pensando en mil cosas a veces y otras en ninguna, pasan las tres horas de atención sin imprevistos.Tres horas de sueño agazapado en el camarote dan apenas tiempo a entrar en calor, pero son suficientes para  descansar lo necesario y poder regresar al lugar de los mil y ningún pensamientos, de las muchas y muchas canciones que se pegan al cerebro como un disco rayado, que mueve tus labios involuntariamente hasta que te sorprendes diciéndote a ti mismo…maldita sea la estoy volviendo a cantar…, me prometí no volver a hacerlo, pasa un rato y se vuelve a repetir, hasta que rindiéndote a la evidencia la cantas en voz alta de principio a fin, y en ocasiones así, desaparece dejando paso a la siguiente…

El barco sigue galopando, ligero, incansable, avanza y avanza sin necesidad de ayuda, a veces mirando el agua correr por su costado o alzando la mirada hacia las velas uno se pregunta si puede hacer algo por él, miras a uno y otro lado buscando algún síntoma de incomodidad, alguna queja o lamento pero nada, quizás podría cazar un poco de allí, caer un poco hacia allá, soltar medio centímetro esta escota…¿me lo agradecerá…? al soltar y cazar la una y la otra de una manera tan poco imperceptible que ni tú sientes el cambio, te sientas orgulloso consciente de lo sugestivo de tu bienestar, pero contento por entenderte tan bien con tu barco, al fin y al cabo tanto tiempo preparando juntos este viaje da para hacerse amigos. Prácticamente conocemos todo sobre nosotros, solo nos falta saber hasta donde será el otro capaz de llegar y si estaré yo a su altura…pero a medida que pasa el tiempo y se suceden las millas la respuesta a esa pregunta va regocijando nuestros corazones, que bueno habernos encontrado…

Y entre tanto sentimiento pasaron tres horas más, ha amanecido y ya solo resta un corto pero reponedor sueño hasta la definitiva entrada del nuevo día…

No estoy acostumbrado a despertarme con olor a café y tostadas recién hechas, me parece tener aquí mas comodidades que en tierra, y consciente de lo necesario de un buen desayuno lo intento disfrutar como si fuera el ultimo.

Tras la recarga de baterías la sorpresa es emocionante al sentarse en la mesa de cartas y ver la pasada singladura, 160 millas recorridas desde tarifa, en tan solo 20 horas, creo que nunca en mi vida hice una media semejante, lo celebramos con otro café con leche pero esta vez con madalenas incluidas, la ocasión bien lo merece.

Afuera la situación ha mejorado bastante, el viento bajó hasta los 20 nudos, el barco navega tranquilo, ya se ha hecho buen amigo del oleaje y viajan juntos como buenos compañeros. Avanza suave, casi perezoso, pero está contento, embriagado todavía por las emociones del día pasado y quiere volver a volar, así que le subimos todo el trapo y pronto empieza a ganar velocidad, supera sin excesivos esfuerzos los 8 nudos y continua sin inmutarse, la navegación es sumamente placentera, aunque aún dura el efecto del zarandeo del día de ayer y no estamos del todo recuperados para pasarnos un buen rato dentro cocinando, así que sacamos la media empanada de pisto con atún que hicimos antes de zarpar y nos sabe tan a gloria como si nos la hubiera hecho nuestra abuela…aunque lejos esta de parecerse no deja de ser un manjar de los que intentaremos no privarnos en lo sucesivo…

Nos lamentamos por no tener señuelos para pescar, mientras pasábamos el Estrecho, grave error por nuestra parte, llevábamos la línea de pesca echada y picó un pez que debía ser de un tamaño bastante considerable, porque partió el sedal de alta resistencia que llevamos como si fuera mantequilla, y perdimos la única rápala que teníamos, ahora pensándolo creemos que no debimos llevarla puesta a tanta velocidad, porque cualquiera que picara, a poco grande que fuera ofrecería demasiada resistencia, y al no poder frenar por las circunstancias pondría en peligro la línea, y de hecho así fue, pensando además que es zona de paso de grandes bancos de atunes gigantes lo podría haber mordido y con un leve espasmo de estas criaturas es más que suficiente para romper un hilo mucho más fuerte que el que llevábamos nosotros. 

Pero si no podemos deleitarnos con la pesca por lo menos lo hacemos con la compañía de cientos de delfines juguetones que nos visitan sin cesar, juegan con nuestra proa tal como acostumbran, se van, vuelven a venir, se vuelve a ir, otros llegan en su lugar, el espectáculo dura prácticamente todo el día, llega un momento incluso en el que te acostumbras a su presencia y sigues haciendo tus cosas, ellos siguen ahí saltando y cruzándose, casi parece que rocen el casco del velero pero no alteran en ningún momento su deslizar ágil y enérgico, tan ágil que parece que ni se mueven, pero avanzan a gran velocidad, y pensar que pueden nadar muchísimo más rápido que ahora, prácticamente deben estar yendo casi al mínimo de su velocidad, y parece incluso vertiginosa, que increíbles criaturas, que simpatía natural e inconsciente, que inocencia tan divertida, uno viéndolos no puede más que sentir envidia por la alegría que desprenden, parecen tan felices que yo quiero ser delfín.

Suena Manolo García, la ultima adquisición que hicimos a nuestro ajuar musical, suena tantas veces y nos emocionamos tanto con esas canciones que escuchábamos ya en nuestra juventud, que digo, en nuestra infancia incluso, que nos duele ya la garganta de tanto cantar, menos mal que nadie nos escucha, y entre nosotros un pacto hecho en silencio a modo de complicidad nos da permiso para cantar e incluso lucir nuestras voces de forma que no haríamos nunca en ningún otro lugar a no ser que estuviéramos solos, que gusto da sentirse buen cantante aunque sea acompañado tan solo por alguien que canta igual de “bien” que tu…

Y con la música de fondo, hablamos y hablamos, de momento ninguno de nosotros necesita momentos de silencio ni soledad, estamos a gusto el uno con el otro, relajados, felices, y no hay nada mejor que sentirse feliz sabiendo que mañana lo seguirás estando, si pasas el día y al siguiente sigues sintiendo lo mismo puede que ya nunca dejes de serlo… así es como deberíamos vivir, nosotros lo haremos al menos estos días, luego acabara como todo, así que algo tendrá que empezar de nuevo.

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