Salimos del puerto de San Antonio con intención de pasar el día en Es Vedrá y cala d’ort, esta vez fue una lancha rápida de 7 metros y medio la encargada de llevarnos hasta allí, en un día soleado y tranquilo sin mucho viento en esta parte de la isla.

De camino y a la altura de Conejera, hicimos la parada obligatoria en el canal de Cala Compte, por donde solo con una motora de poco calado se puede pasar. El agua en este paso es espectacularmente cristalina y turquesa, y nos dejamos caer en ella como un niño pequeño en la espuma. Se estaba tan agusto flotando alrededor de la motora fondeada que podía incluso con las ganas de partir para comer la mejor paella de la isla.

La siguiente parada fue Cala D’Hort, una de nuestras preferidas, nos acercamos a un pequeño embarcadero al pie de la roca para bajar de la lancha, y como no teníamos dinghy al último le tocó echar el ancla a pocos metros de la orilla y bajar nadando.

Habíamos sido precavidos y pedimos una reserva en el restaurante de la playa, en una mesa situada prácticamente sobre la arena, y durante una agradable velada donde conversamos y reimos sin parar pudimos degustar una de las más sabrosas paellas que probamos en nuestras vidas.

Mucho costó decidirse a volver de nuevo al barco, hicieron falta otro café y una copita de hierbas ibicencas con hielo para hacernos el ánimo debido a lo agusto que estábamos.

Esta vez fuimos todos nadando al barco ya que había quedado fondeado muy cerca de la orilla. Salimos navegando en dirección a Es Vedrá, que la teníamos enfrente durante toda la comida, y en un golpe de motor nos plantamos allí, es un deleite sentir deslizar una motora como aquella por unas aguas calmadas como una balsa de aceite, dibujando una estela tan nítida y tan precisa que parecen dibujadas con tiralíneas.

A medida que nos acercábamos la silueta del mágico peñón ibicenco se hacía más y más grande, y una vez ya en sus orillas pudimos deleitarnos con la majestuosidad de sus farallones, imponentes cual catedral emergida de las aguas, sus acantilados se dejan caer en el mar desde lo alto como si no quisieran ser franqueados, las aguas oscuras que las rodean le otorgan un ambiente sobrio y señorial, no puede uno evitar sentirse pequeño bajo semejante coloso.

Pudimos darle la vuelta a toda la isla a escasos metros de la roca, gracias a lo abrupto de sus paredes sumergidas. Las bóvedas oscuras y los extraplomos rocosos parecían desplomarse sobre nosotros.

Hizo falta un buen rato para reaccionar mientras mirábamos imnotizados la escultura que la naturaleza labró sobre este gigante rocoso.

Una vez recobrado los sentidos pusimos proa a Atlantis, una cala poco transitada que se abre justo en frente de Es Vedrá, y que alberga encantos ancestrales tallados en forma de piscinas naturales, debido a las extracciones que hacían antaño para obtener dados de roca arenisca de propiedades muy cotizadas para la época, dejando labradas formas y cavidades que hacen de aquel un lugar muy especial.

El agua vuelve a ser azul como en los cuentos, y debido a que su orientación es más hacia el sur y está ubicada casi en el extremos de la isla, suele soplar siempre un poco más el viento.

Y aquel día así fue, que sin llegar a soplar con mucha fuerza teníamos una brisa constante y placentera, brisa que aprovechó un impresionante velero que pasaba por la zona para desplegar todas sus velas y hacer unas cuantas viradas sin salir de la ensenada.

Desde lejos veíamos este barco como si fuera un cuadro, tres mástiles aparejados con gigantescas velas cangrejas y varios foques, todos bien templados haciendo escorar el barco hasta casi la regala, un enorme bauprés le asomaba por la proa soportando todo ese velamen mientras empujaban con vigor este precioso y esbelto velero. Nos acercamos con nuestra lancha porque parecía un espectáculo que solo se ve una vez en la vida, nos pusimos a su costado y quedamos asombrados de la velocidad a la que navegaba, pasamos un rato haciéndole fotos y saludando a los tripulantes, que todos uniformados parecían vivir única y exclusivamente para ese momento. Le dimos varias vueltas al barco para verlo desde todos los ángulos posibles, como para no perdernos nada, mirases por donde mirases la estampa del velero era sumamente preciosa, debía medir más de 60 metros, era muy esbelto de líneas, con poco francoborbo y popa estrecha, de aspecto clásico y elegante. Debía ser muy antiguo, aunque relucía como si fuera nuevo, las superficies de madera brillaban como si fueran de cristal, los borces que adornaban la cubierta parecían de oro, y el casco de blanco inmaculado reflejaba el agua como un espejo. Horas duró nuestro deleite, y apenados por despedirnos tuvimos que regresar a nuestra realidad poniendo proa a San Antonio.

Una vez en la bahía y tras un día tan divertido como estábamos teniendo, no quisimos ponerle fin sin antes bañarnos una vez más en las aguas ibicencas. Así que entramos en la cala de Conejera que quedaba muy resguardada del viento y apuramos lo que pudimos el día bañándonos y haciendo wake, y ya casi atardeciendo emprendimos el regreso a puerto.

Una vez amarrados y sentados en una cafetería del puerto, la curiosidad nos empujó a saber más sobre este velero que habíamos visto. Buscando el nombre en internet (Adix), encontramos un montón de información sobre él. Lo primero que pudimos leer fue algo así como… Adix, el velero más bonito del mundo.

Luego empezó el aluvión de información sobre este barco. Resulta que fue construido en Mallorca a mediados de los años 80, por encargo de un millonario argentino y fue bautizado con el nombre de “Jessica”. Anduvo navegando por nuestras aguas hasta que 1988 que fue vendido a Alan Bond, conocido como el ´rey australiano de la cerveza´. El Jessica puso rumbo a Australia y cambió de nombre por XXXX, que no era otro que el nombre de la marca de cerveza de Bond. Solo un escaso año fue propiedad de del magnate y en 1989 lo compró Jaime botín, el hermano del popular banquero ya fallecido, lo rebautizó con el nombre de Adix que perdura hasta hoy día.

Y al parecer tiene su puerto base en el Club Náutico de Valencia. Nos queda desde entonces pendiente la visita a su puerto base para verlo reposando, sabiendo de lo que es capaz este preciosa goleta de casi 70 metros.

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